En la parcela de la familia Araya-García, la jornada comienza muy temprano a la espera de la llegada de los vecinos. En la cocina, un grupo de mujeres —familiares de los dueños de casa— preparan harina y aceite para atender a los trabajadores. Con gran agilidad, de manos que llevan décadas realizando este proceso, dan forma a las primeras masas que pronto se convertirán en sabrosas sopaipillas, el alimento que les devolverá el aliento y energía a quienes llegaron temprano para participar en una de las tradiciones más antiguas del campo chileno: la vendimia.
Uno a uno van llegando los participantes junto a sus herramientas e implementos: sombreros de ala ancha para enfrentar el sol, tarros plásticos que recibirán la fruta recolectada y tijeras podadoras para separar, sin mayor daño, la fruta de la viña. Todo está dispuesto. Solo falta comenzar a cortar el dulce fruto de la vid.

Son las nueve de la mañana cuando cerca de una docena de vecinos emprende la caminata hacia los viñedos, ubicados a unos 500 metros de la vivienda principal. Mientras avanzan por el camino de tierra, en la casa las anfitrionas continúan con los preparativos: la cebolla, el tomate, el cilantro y el ají verde se juntan y mezclan sus inconfundibles sabores en un pebre, aderezo infaltable cuando las sopaipillas están presentes.
Una camioneta acompaña la comitiva. Su tarea será transportar la uva recolectada desde las empinadas laderas que forman parte del terreno. La cosecha no puede demorarse. Las “chaquetas amarillas” ya se han adelantado en gran parte del viñedo, provocando daños en los racimos y anticipando una merma que preocupa a los productores.
Bajo un sol intenso, los participantes se distribuyen entre las hileras de parras, comenzando la recolección. Se pueden observar en abundancia racimos con granos de color azul profundo, que generosos cuelgan ofreciendo su dulce sangre. Desde los arbustos cercanos, un grupo de zorzales observa atento y emite sus efusivos cantos, como si reclamaran su parte del fruto que cada temporada les ofrece la tierra.
Cerca del mediodía, el trabajo se detiene. Los tarros llenos se vacían en tambores ubicados en la parte posterior de la camioneta y el grupo emprende el regreso a la casa.

Bajo la sombra generosa de un parrón, comienzan a repartirse las sopaipillas, aún calientes, para acompañarlas con el pebre que reposa sus aromas y sabores en vasijas sobre la mesa. Las conversaciones fluyen con naturalidad, la música aparece entre risas y anécdotas, y el ambiente se llena de ese aire festivo que suele acompañar las faenas comunitarias del campo.
La molienda, con que se cierra este proceso, se realizará como se hacía antes, sin máquinas ni prensas industriales: las uvas serán pisadas y su jugo extraído de manera manual, siguiendo una práctica que en Chile se remonta a los primeros años de la colonia, en el Siglo XVI, cuando las primeras viñas comenzaron a cultivarse en la hacienda de Inés de Suárez.

Al finalizar el pisado, llega el momento esperado: probar el jugo recién obtenido. Su sabor dulce y fresco anticipa lo que, con el paso de los meses, se convertirá en vino. Un vino que llevará consigo algo más que el carácter de la uva: el clima de Tolpán, en la comuna de Renaico, el esfuerzo de la familia Araya-García y la voluntad de los vecinos del sector por mantener viva una tradición que ha acompañado a estas tierras durante más de cinco siglos.
TRADICIÓN
La vendimia, en el campo chileno, no es solo una faena agrícola: es una forma de reunirse alrededor del tiempo de la tierra. Cada temporada, cuando los racimos alcanzan su madurez, los vecinos, como en Tolpán, llegan con tijeras, tarros y sombreros, dispuestos a repetir un gesto antiguo: cortar la uva, cargarla, compartir la comida y las historias. El trabajo avanza entre conversaciones y risas, como si la cosecha fuera también una excusa para encontrarse y confirmar que, pese a todo, la comunidad sigue ahí.
En el sur, donde la vida rural aún se sostiene todavía en pequeñas parcelas y en la ayuda mutua, la vendimia conserva algo de ritual. No hay grandes máquinas ni prisa industrial: hay manos que cortan, pies que pisan la fruta y mesas donde se comparte lo que hay. De ese proceso sale el mosto que, con los meses, se convertirá en vino; pero también algo menos visible y más persistente: la continuidad de una práctica campesina que ha pasado de generación en generación y que sigue dando forma a la identidad de estos territorios.
